Quiebra hídrica global: la alerta de la ONU

La ONU pide que el mundo reconozca formalmente una “quiebra hídrica global” y cambie la agenda del agua, porque en muchos lugares ya no se trata de un episodio de sequía o de “estrés”, sino de sistemas llevados más allá del punto de recuperación. En Portugal, este marco ayuda a leer con más claridad lo que ocurre cuando la disponibilidad de agua se vuelve irregular, cuando la presión agrícola y urbana aumenta y cuando la gestión sigue demasiado centrada en apagar fuegos en lugar de reducir el déficit estructural.

El aviso de la ONU y por qué importa aquí

El informe de UNU-INWEH describe la “quiebra” como vivir por encima de los “medios hidrológicos” de un territorio, es decir, extraer y degradar agua más deprisa de lo que permiten la reposición y la capacidad natural de almacenamiento, con pérdidas en reservorios naturales como acuíferos, humedales y suelos. La ONU pide una transición explícita de la “gestión de crisis” a la “gestión de quiebras”, con contabilidad transparente del agua, límites ejecutables y protección del capital natural que produce y almacena agua. Este punto es especialmente relevante para Portugal porque la variabilidad climática y la presión sobre los recursos hídricos en las regiones más secas (como el sur) hacen que el riesgo de sobreexplotación sea más visible y más recurrente.

Portugal dentro del “patrón global”

La lógica que la ONU describe para el mundo se aplica a varias tensiones portuguesas: dependencia creciente del almacenamiento (embalses) y de las captaciones subterráneas, competencia entre usos (abastecimiento urbano, agricultura y turismo) y vulnerabilidad ante periodos prolongados de precipitación por debajo de lo normal. Cuando la ONU habla de capital natural, incluye precisamente elementos que también determinan la resiliencia hídrica en Portugal, como los suelos con capacidad de infiltración, los humedales y los acuíferos costeros. En las zonas costeras portuguesas, la sobreexplotación puede agravar problemas de calidad, como la salinización por intrusión marina, y reducir el agua “útil” incluso cuando todavía hay agua “existente”.

Agricultura: el sector donde el cambio pesa más

La ONU sitúa a los agricultores y a los sistemas alimentarios en el centro del problema, y recuerda que la agricultura representa cerca del 70% de las captaciones globales de agua dulce y que la seguridad alimentaria está cada vez más expuesta a caídas e inestabilidad en el almacenamiento total de agua. Para Portugal, esto se traduce en una pregunta práctica: si las elecciones de cultivos, el diseño de los perímetros de riego, la eficiencia real del regadío y el estado del suelo están alineados con el agua que existe en cada cuenca y no solo con el agua que se querría tener. La recomendación de la ONU de transformar los sectores intensivos en agua mediante cambios de cultivos y reformas del regadío encaja directamente en los debates portugueses sobre adaptación del regadío, reducción de pérdidas y planificación por cuencas.

Qué cambia en la gestión (y qué podría significar eso en Portugal)

La ONU propone que los gobiernos dejen de tratar el agua como una sucesión de emergencias y pasen a gestionar la quiebra con tres ideas clave: medir mejor, limitar mejor y proteger mejor. En Portugal, eso puede traducirse en prioridades como reforzar la monitorización y la transparencia (superficial y subterránea), definir reglas de asignación en situaciones de escasez que protejan a las personas y a los ecosistemas, e invertir en la recuperación del capital natural (humedales, riberas y salud del suelo) para aumentar la infiltración y el almacenamiento “invisible”. Y, dado que la ONU subraya la dimensión de justicia, estas políticas deben proteger a quienes tienen menos capacidad de adaptación (pequeños agricultores, comunidades con rentas más bajas y territorios más expuestos), evitando que la transición se haga a costa de los más vulnerables.