Agricultura digital

Agricultura digital: opinión de José Martino para Vida Económica

La agricultura digital ha sido uno de los temas más comentados del sector agrícola en los últimos años. Drones, sensores, inteligencia artificial, plataformas de gestión agrícola: tecnología no falta. Pero, según el ingeniero José Martino, el problema en Portugal no es tecnológico. Es estructural, económico y político.

En un artículo de opinión publicado el 13 de febrero en Vida Económica, José Martino defiende que seguimos tratando la agricultura digital como un conjunto de proyectos interesantes, cuando deberíamos verla como una herramienta económica estructural para aumentar la productividad y la competitividad de la agricultura portuguesa.

El autor comienza aclarando una confusión frecuente: agricultura digital no es lo mismo que agricultura de precisión. La agricultura de precisión se centra en la gestión diferenciada de la parcela y aplica agua, fertilizantes o fitosanitarios de forma ajustada a las necesidades de cada zona del terreno, en el espacio y en el tiempo. La agricultura digital, en cambio, es un concepto más amplio, que integra datos continuos, sistemas de información, planificación, gestión del riesgo, sostenibilidad y gobernanza del territorio. Es decir, no es solo una herramienta agronómica, sino también económica y estratégica.

José Martino reconoce que Portugal no está parado. Existen proyectos técnicamente bien diseñados, sobre todo en cultivos permanentes, regadío organizado, viñedo y olivar. Hay centros de investigación competentes, empresas tecnológicas y agricultores innovadores. Sin embargo, la adopción sigue siendo desigual, fragmentada y limitada en escala. Falta transformar la innovación en sistemas funcionales, accesibles y económicamente viables para la mayoría de las explotaciones agrícolas.

Desde el punto de vista económico, el autor encuadra la agricultura digital como una de las pocas palancas reales para aumentar la eficiencia del sector. El complejo agroalimentario representa cerca del 5% del PIB y es crucial para las exportaciones, el empleo y la cohesión territorial. A pesar de ello, la productividad media sigue por debajo de la media europea y los costes de producción son estructuralmente elevados. La digitalización surge, así, como una forma de producir más con menos, gestionar mejor el agua, reducir desperdicios y mitigar riesgos climáticos, sin depender exclusivamente de las subvenciones.

El marco político ha mejorado en los últimos años, con instrumentos como la Agenda de Innovación para la Agricultura, el PEPAC 2023-2027 y el PRR. Aun así, persisten trabas estructurales bien conocidas: escasa conexión entre industria y agricultura, costes de inversión elevados frente a los márgenes de la actividad, déficit de competencias digitales, conectividad rural insuficiente y sistemas tecnológicos que no se comunican entre sí. Sin resolver esos bloqueos, la digitalización seguirá confinada a nichos y proyectos piloto.

La comparación internacional refuerza esta idea. Según José Martino, España ha convertido la digitalización agrícola en una política pública estructurante, con la implicación de cooperativas, empresas y administración pública. Italia avanza deprisa y con pragmatismo, e integra la tecnología en la cadena de valor. Portugal, pese a su capacidad técnica, sigue fallando en la coordinación, en la gobernanza y en los modelos de implantación ajustados a la escala y a la ganancia económica para el agricultor.

Para el autor, la agricultura digital no es un fin en sí misma, sino un medio para mejorar las rentas, reducir riesgos y hacer el sector más sostenible, sobre todo desde el punto de vista económico. El tiempo de los proyectos piloto permanentes ya debería haber terminado. Lo que falta ahora es decisión política, foco en la ejecución y creación de valor real para el agricultor.

Sin eso, Portugal seguirá aplazando la modernización estructural del sector y manteniendo un déficit elevado en la balanza del complejo agroalimentario.

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